Ayer fue el día de las escritoras. No sé muy bien de dónde surgió la idea de celebrar esta fecha que creo que se conmemora desde el 2016. El caso es que cuando me enteré, me invadió una felicidad muy tonta porque ya ves tú qué cosa, pero confieso que me hizo mucha ilusión. “¡Ole, hoy es mi día!”, pensé mientras no podía evitar dar palmas.

Pues resulta que, si lo pienso con calma, es lógico que me ponga supercontenta. ¿Por qué? Porque soy escritora, o sea, porque soy lo que quiero ser, porque pertenezco a un grupo cada vez menos reducido de mujeres que lograron cumplir sus sueños. El mío, en concreto, como el de otras escritoras, era el de sacar mis textos del cajón para poder lanzar mis palabras al mundo.

Me acuerdo a diario de una novela que había escrito mi abuela. El manuscrito íntegro, revisado, concluido y listo para publicar estaba guardado en su escritorio. Allí pasó años hasta que un buen día se extravió para siempre jamás. Mi abuela, mujer y escritora, escritora en silencio, no llegó a ver publicada su novela porque nunca se planteó dedicarse profesionalmente a nada que fuese diferente de sus labores, tal como muchas otras mujeres a lo largo de la historia. Por eso, ahora me pregunto cuántas novelas redactadas por mujeres como ella habrán muerto en los cajones durante tantos siglos, cuántos proyectos interesantes se habrán perdido, cuántos talentos se habrán desperdiciado y cuántos sueños se habrán quedado sin cumplir.

¿Y el tuyo?, ¿cuál es tu sueño?, ¿quieres lanzarlo al mundo? Entonces, no dejes que nadie te quite la ilusión, trabaja duro y… ¡a por ello! Si disfrutas del proceso, sea cual sea el resultado, ya sólo por el mero hecho de intentarlo, habrás ganado.

Hoy brindo para que los sueños de las mujeres salgan de los cajones y para que todas podamos lanzar nuestras ilusiones al mundo con la cabeza bien alta. Chin, chin.

Amara Castro Cid