Creo que no debemos de ser pocos los que, como yo, vivimos con el teléfono en la mano, o como muy lejos, encima de la mesa durante el trabajo, en el bolso cuando vamos por la calle, en la encimera de la cocina mientras se hace la cena, o incluso, en la mesilla de noche mientras dormimos. A estas alturas de la película somos todos muy conscientes de los perjuicios de los móviles: la adicción, la vista, las cervicales… La lista es interminable. Sin embargo, sigue estando ahí, con un montonazo de gente dentro. Y es una suerte tenerlos a todos ahí tan cerca, claro que sí, pero lo cierto es que, a veces, empiezo a sentir nostalgia de aquellos tiempos en los que uno podía escucharse a sí mismo.

   Ahora hay ruido hasta en el silencio. Y ya si hablamos de adolescentes, la cosa se complica, porque lo de las historias del Instagram no tiene fin y a eso hay que añadir, por ejemplo, las series de Netflix o todo lo que está pasando en directo en Operación Triunfo. La conclusión es que el ruido es permanente, constante, como un zumbido al que acabas acostumbrándote, aunque te moleste.

   Escuchamos música, vemos vídeos, estamos pendientes de todas las conversaciones de todos los grupos que nos llegan desde distintas aplicaciones, leemos y respondemos emails, intercambiamos chistes, acertijos o fotos para todos los gustos, es más, es muy probable que hora mismo estés leyendo esto en tu móvil. Y todo eso nos gusta, claro que sí, por eso lo hacemos, yo la primera. No obstante, lo que me planteo hoy es que nos pasamos la vida interactuando con un aparato que no nos permite escucharnos a nosotros mismos.

   Por eso, ya que está visto que esta tendencia no tiene vuelta atrás, tengo la esperanza de que, al menos, se ponga de moda alguna aplicación para hablar con uno mismo 😉 , porque deseo que el ser humano no acabe perdiendo la voz interior. Mientras tanto, aunque solo sea, como sugiere la técnica japonesa Kaizen, durante un minuto, cierra los ojos, prueba, seguro que en este instante tienes algo que decirte. Dejo de hacerte ruido y me retiro para que puedas escucharte.

Amara Castro Cid