Vigo, tres de noviembre de mil novecientos sesenta y tres. Unas manos entrelazadas se aprietan suavemente al pronunciar dos palabras: “Sí, quiero”. En ese instante están nuestras raíces, lo que fuimos ayer y lo que seremos mañana. El origen de nuestra familia está en ese par de palabras pronunciadas hace más de cincuenta y cinco años y que marcaron mi vida y la de mis hermanos para siempre, desde antes de que existiésemos.

   Son ya más de veinte mil días juntos, como las leguas del viaje submarino de Verne. Pero este viaje es el de la vida misma, un camino con sus altos y sus bajos. No transcurre en el fondo del mar sino en paisajes que van del suelo al cielo, trazando un recorrido que a veces se antoja infinito y a veces efímero. Cincuenta y cinco años construyendo, dando amor y ejemplo a partes iguales.

   Queridos papá y mamá, os veo ahora sentados en un banco de algún mirador, estáis cogidos de la mano como aquel día y tenéis la frente muy alta por la satisfacción del trabajo bien hecho. Vuestros nietos ponen la banda sonora del momento con esa risa floja que atrapa a los primos cuando están juntos. Vuestros hijos, tiene gracia, no se ríen, lloran, como vosotros, porque resulta que en esta familia que nació hace cincuenta y cinco años, no sé por qué, pero lo celebramos todo con lágrimas en los ojos. Llamadnos sensibles, qué le vamos a hacer si a veces lloramos de emoción por el mero hecho de estar juntos. Pero enseguida se nos pasa, es imposible no contagiarse de la risa de los niños.

   Y así, los dos juntos y rodeados de amor, es como habéis llegado hasta aquí, para hacer de nosotros unos hermanos que se levantan cada día sintiéndose felices, porque sabemos que, pase lo que pase, nos tenemos los unos a los otros. Bendito “sí quiero” pronunciado en mil novecientos sesenta y tres.

 Amara Castro Cid